PROCESO DE CONOCIMIENTO de Luciano Caprile
Un gesto contamina la página blanca o el lienzo aún intacto y anticipa el pensamiento, y provoca la sorpresa o la estupefacción en quien ha dado
ese primer paso revelador de sí mismo, de su propia inconsciencia. La plena consciencia vendrá después y tendrá la función de modular los tonos y las formas antes de que los siguientes gestos intervengan reformulando el concepto primigenio y renovando una consonancia de timbres y de sustancias o subrayando el irremediable desgarro. La consecuencia es una alternancia de tomas de conciencia y de rebeliones como si la mano y el pensamiento entrasen en una fuerte competición precisamente porque lo que aparece de repente en la superficie no siempre satisface ni gratifica esa lógica o esa conveniencia que hace de pantalla a las intenciones purificándolas, controlando sus excesos. Sucede en el arte que excava la vida y ofrece a la contemporaneidad el jugo que le corresponde. Sucede en el arte que tiene intención de representar no la agradabilidad de la superficialidad o la armonía del consumo estetizante que nos envuelve en lo cotidiano y nos compenetra sino que cuestiona la esencia incluso traumática de lo vivido
que en ese momento nos pertenece. En la historia del arte del siglo XX son numerosos los ejemplos evidentes, desde Jackson Pollock obsesivamente comprometido en el dripping hasta Jean Fautrier absorbido por los inquietantes “otages” (rehenes), pasando por Georges Mathieu exaltado por la creación “coram populo”, o el desgarrador Emilio Scanavino de las “sindoni” (sudarios), por citar algún ejemplo. En todos ellos, que adoptaron un comportamiento informal, la “imagen” era fruto inmediato de una emoción que estos conseguían transmitir a aquellos atentos observadores capaces de
extraer de las obras con las que entraban en contacto el sentido más profundo o el impulso incluso traumático de un tiempo que nos nutre perpetuamente.
“Tracce e Segni di questo tempo” (Trazas y Signos de este tiempo) es el título de la serie de trabajos recientes que Guido Profumo propone actualmente confirmando la persistente actualidad de ese comportamiento compositivo que no prevé conformismos comportamentales o conveniencias estructurales. Este utiliza un enfoque proyectual sobre un folio de papel que prevé una cierta lógica en el proceso, la transferencia gráfica de una intención. Pero cuando entra en juego el flujo de la materia, la decisión comportamental se nutre de la emoción inmediata y la “imagen” adquiere la forma producida por el gesto rápido e instintivo que la justifica. Las “trazas y los signos de este tiempo” se convierten en recurrentes heridas o insistentes sugerencias del alma que deben transferirse con urgencia a la superficie que las acoge y difumina en movimientos circulares, en acumulaciones de materia, en tonalidades amasadas, exprimidas, expulsadas, incisas, contaminadas, rayadas cuando es necesario subrayar, plasmar, renovar preguntas, dudas e inquietudes que, a su vez, generan nuevas preguntas, nuevas dudas y nuevas inquietudes. Y donde la materia de desecho vuelve a proponerse para ser acogida en el gran magma donde nada está perdido porque todo sirve para reanudar la historia incluso mínima de las cosas que acompañan, corroen y sedimentan los días. Profumo no ha elegido el lienzo sino la madera como base operativa sobre la que intervenir con una determinación clara utilizando el acrílico, prefiriendo un gesto circular que le permite recorridos amplios, recorridos interiores de incisión y descarnado, de sustracción material para sustituir con otra sustancia en busca de una verdad a implosionar quizá a través de fragmentos coloreados que deben abandonarse en el torbellino del vórtice. Lo podemos observar en el trabajo que lleva como subtítulo o anotación “Traccia su chiaro” (Traza sobre claro). Lo “claro” es una larga pincelada blanca se se extiende hacia la parte superior de la estructura rotatoria donde concede una parte de sí. Desde el centro focal del evento desciende un arroyuelo negro, el resultado de un exprimido o una deyección que alcanza el centro del margen inferior de la pintura y lo supera idealmente sugiriéndonos una no conclusión, es decir, una remisión a la próxima obra, al próximo momento de fatiga gestual y contemplativa. El movimiento rotatorio que absorbe y amalgama la materia lo encontramos en la cándida composición titulada “Tracce su scuro (Trazas sobre oscuro) de la que sale un subfondo plúmbeo, como un presagio, como la turbación de una inocencia traicionada. El chorro focal y radial de luz queda contaminado visualmente y psicológicamente por el arroyuelo rojo que desciende desde la herida captada inmediatamente por la mirada al igual que un pesar, que una traición de deseos. Un concepto retomado parcialmente por “Tracce dall’alto” (Trazas desde arriba) donde un respiro más amplio concede al núcleo central ese movimiento expansivo que acoge en su campo de acción fragmentos de memoria, desechos para el reciclaje, otros flujos de materia. Se instaura así un cielo con una extrema limpieza escénica que alberga un variado devenir caracterizado por el movimiento centrífugo que dispensa también ritmos de una buscada disonancia, al igual que las emboscadas de esa perfección que no es propia de nuestro mundo. Un razonamiento equivalente, multiplicado por la presencia de otras esferas en el cielo de la representación escénica, se puede reservar a “Tracce globali” (Trazas globales). Cuando Profumo declara que desea expresar a través de sus obras su personal estado de ánimo “que espero que no deje indiferente al observador sino que sepa suscitar en él curiosidad, emociones y empatía”, cargar sobre sí mismo la responsabilidad perceptiva y emocional de todos aquellos que sean conscientes de ciertas fases existenciales gracias a la perentoriedad y a la criticidad de su gesto, que va más allá del resultado final que puede contemplarse en el lienzo y, que por el contrario, hace referencia a la elaboración conceptual y formal que lo ha determinado. Y que un buen observador, muy atento o sensible puede reconstruir pescando elementos constitutivos de una comparable equivalencia ponderal en su propio inconsciente.
En “Segni su scuro” (Signos sobre oscuro) se asiste a una mutación parcial de la escena, como si la acreditada estructura rotatoria fuese capaz de contener elementos caligráficos, de derivación ideogramática, capaces de ofrecer otra clave de lectura, en primer lugar, al propio autor que los ha trazado siguiendo el impulso de una progresiva, gratificante sorpresa. Sin embargo, en “Segni di cloud” (Signos de cloud), el vórtice negro, con un núcleo agrandado por un retorno y una acumulación de material de desecho recuperado y amasado por el artista, invade, afila y pulveriza el herrumbroso espacio que lo acoge. El misterio que envuelve y desprende “Segno zero” (Signo cero) en su hierática suspensión espacial rebota idealmente en “Tracce radar” (Trazas radar) desde los los ecos expansivos y renovables en la construcción momentánea de una figura totémica o de un enlace de pensamiento o emoción hasta la siguiente pieza de una historia por imágenes que cada uno puede construir de sí mismo una vez recibidos los impulsos que han decretado su justificación. Así es, Profumo, como todos los autoresque consiguen transmitir sugestiones evocativas a
quien comparte el clima de sus obras, lanza piedras de inquietud en el amplio e inmóvil estanque de la ilusoria homologación de la vida. Y llegamos a “Tracce di luci” (Trazas de luces): este cuadro enmascara el entendimiento de una prevaricación ya que un segundo bastidor, nutrido de una voluminosa materia aliena, parece entrar prepotentemente en la atmósfera que ha acogido los anteriores hechos que ahora parecen relegados a una aparición marginal. Las heridas de un cataclismo expresivo similar suscitan exprimidos de sangre a lo largo de líneas de crisis y rápidos atravesamientos de goteos de demarcación mental y de ausencia de una sustancia narrativa gratificante.
Otro rebus más que descifrar para quien participa con la mirada y el sentimiento en un viaje así, por el complejo laberinto del alma. El progresivo recorrido llega así a “Tracce in campo” (Trazas en el campo) que consiste en un amplio y repetido movimiento rotatorio de materia que se desprende del núcleo central que posiciona en los márgenes de la composición aún más materia llena de germinaciones y sugestiones también táctiles. En este fatigoso proceso expresivo parece que desaparece por fin el deseo de un orden proyectual, como si el artista sintiese la necesidad de agrupar y llenar el fruto tangible de las emociones. Así es, su furor narrativo parece encontrar una adecuada respuesta en los “Segni multipli” (Signos múltiples) que deben considerase como la memoria progresiva de proyectos declinados a lo largo de la cándida, suave, sinuosa y alusiva espiral en forma de concha. Y volver a encender desde aquí el respiro de su propia contemplación y de la ajena. Y dirigirla a un cada vez mayor deseo de conocimiento.