NOTA CRÍTICA de Luciano Caprile
EN BUSCA DE LO ESENCIAL
Las últimas dos obras de Guido Profumo, que fluyen de la actual etapa de vida afligida por el virus, acentúan el sentido de la constante búsqueda de uno mismo a través de la extenuación del mundo. La reclusión forzada obliga a la gente a detener el tiempo y a medirlo, observándose en el espejo. Y a medirse con conciencia inesperada, desconocida. ¡Cuánto espacio concedido a la ausencia de nosotros mismos y a los suplicios de la conciencia fuera del frenesí de la vida diaria! ¡Qué deuda al sufrimiento! Si The Edge es un gran cuadro en yute caracterizado por una rejilla negra que parece asumir el papel de anulación de un rarificado contenido expresivo, Frammenti da ricomporre [Fragmentos para recomponer] muestra, en flotación aérea, los añicos de una certeza perdida o expresa el fundamento de un orden que el mundo está acostumbrado a calcular en función del interés. El pálido círculo azul que sella la escena es la única, efímera referencia a la incansable persecución de la verdad que refleja la anhelada e inalcanzable perfección. En ese sentido, estos dos trabajos se vuelven a relacionar con los tres anteriores desde el punto de vista cronológico y que aún no resienten, bajo el punto de vista emocional, la situación actual de crisis. Sin embargo, en una progresiva sustracción de formas y tonalidades, excavan en el inconsciente del autor y preanuncian los temores y las fugas teniendo como punto de referencia constante la marca focal caracterizada por un círculo negro esencial (uno) o por un intenso globo que asciende (dos) o por varios círculos atraídos por un matérico núcleo azul (tres). De todas formas, de estas obras surge aún una vez el deseo de tomar la verdad existencial más allá de la forma, más allá de la compostura: el suyo no es un itinerario narrativo, sino un itinerario de investigación que preanuncia la extrema descarnadura de sí mismo como si cada sustracción (al igual que un oxímoron) añadiera elementos inestimables de conocimiento. En un clima destilado en el blanco y en el negro irrumpe de repente el relámpago de una roja transfixión, como una herida no cicatrizada que indica el sentido de una tragedia, que subraya cómo la vida diaria puede influir en el proceso de la creación. Esto tiene lugar en Uno, en donde el círculo negro ahora toma el significado de un funesto evento. Profumo ha pintado esta obra en el clima de la muerte de su amado hermano Massimo y la oleada que incendia la escena es su consecuencia, determina su marca. Por un momento el recorrido de purificación se detiene en el arcén del abismo, ante la triste realidad. También Dos parece suscitado por el mismo estado de ánimo que, al igual que un sol doliente, difunde los marcados signos de un tormento, de un dolor que busca consuelo. Tres, en cambio, parece sumergir y mitigar el dolor en el azul de ese mar tan amado y conocido por su hermano con la participación de hilos pintados o aplicados que bajan desde lo alto para sumergirse en las profundidades de la nostalgia. En ese caso, el hacer es la ostensión de lo que nos se ha quitado y que aparece como reliquia, como un derramamiento de estigmas. No parece abrirse otro camino a la consolación, que hay que buscar gesto tras gesto, sin conocer su fin. El fin está en el blanco infinito más allá del límite extremo del lienzo (un límite que no es real, sino conceptual), que exhibe fragmentos de vida en tránsito permanente, en los que levitan estos círculos que representan la perfección soñada o hermética selladura para timbrar y sellar las estaciones de un riesgo o un momento de necesaria reflexión. Reflexión de sí mismo y del viaje emprendido o que hay que continuar por sondeos, evitando no solamente las sirenas de la satisfacción, pero también la siniestra trampa de la perdición. De vez en cuando aparecen líneas finas y nítidas que se desvían desde el centro del círculo, como queriendo trazar la rigurosa geometría de un recorrido, como queriendo construir un punto de referencia germinal (desde ahí, desde aquel núcleo se reemprende la historia). Son líneas que siguen y frustran los límites del cuadro, queriendo indicar un camino más allá de cualquier cosa concreta, de cualquier propósito, de cualquier esperanza. De este modo, su viaje no prevé metas definitivas, solo tránsitos, paradas, solo memorias a sembrar a lo largo del camino. Para Profumo todo eso se traduce en una condena y en un privilegio: el estar obligado a medirse en lo íntimo para medir el deseo de un mayor conocimiento de sí mismo y del mundo equivale a conducir cada evento en el surco de un camino que añade misterio al misterio y que no prevé una certeza, ya que la certeza se identifica con la meta que nunca debe tocarse; en efecto, equivaldría a ese final que nuestro artista no debe y no quiere conocer, so pena de la pérdida del encantamiento que el mismo se ha construido como razón cultural de vida. Por lo demás, como afirmaba Jorge Luis Borges, «todo sucede por primera vez, pero de forma eterna». Por lo tanto sus gestos, en el momento en que se llevan a cabo, empiezan a formar parte de una trama universal que no podemos conocer.
Luciano Caprile